Anatomía de una Policrisis: Por qué Perú parece ingobernable

Cinco presidentes en cinco años. Congresos disueltos. Protestas masivas con decenas de muertos. La inestabilidad en Perú es tan constante que ya dejó de ser noticia de última hora para convertirse en un ruido de fondo.

Cualquiera que mire desde afuera podría pensar que se trata de una serie de crisis aisladas, producto de la corrupción o de malos liderazgos. Pero esa es solo la superficie. Lo que vive Perú no es una crisis, es una policrisis: un estado de conflicto institucional permanente, fragmentación política sistémica y una fractura social profunda.

Las caídas de los presidentes no son accidentes del sistema. Son los resultados previsibles de un sistema que parece diseñado para el fracaso.

En Ya lo vas a entender, nos basamos en un análisis exhaustivo para deconstruir este fenómeno. La ingobernabilidad peruana se explica por un desajuste fatal entre sus reglas, sus actores y sus fracturas sociales. Este es un recorrido por la anatomía de ese fracaso sistémico.

El Hardware Roto – Unas reglas de juego hechas para la guerra

Para empezar, hay que entender su origen. No nació de un gran consenso democrático, sino del autogolpe de Alberto Fujimori en 1992. Fue diseñada por una mayoría fujimorista para concentrar el poder en el Ejecutivo y controlar un Congreso unicameral (sin Senado). El problema es que ese diseño, pensado para un control autoritario, se vuelve una máquina de inestabilidad cuando el presidente no tiene mayoría en el Congreso, que es la norma desde el 2001.

El modelo peruano es un híbrido tóxico que los académicos llaman “presidencialismo parlamentarizado”. En simple: intenta mezclar la figura de un presidente fuerte (elegido por la gente) con mecanismos de control de un sistema parlamentario.

El resultado es que el Presidente y el Congreso tienen, literalmente, “armas nucleares” para destruirse mutuamente. Es un juego de suma cero.

  1. El arma del Congreso: La Vacancia por “Incapacidad Moral” La Constitución permite al Congreso destituir al Presidente por “permanente incapacidad moral”. Lo que se pensó como una cláusula de emergencia (para un presidente que, por ejemplo, perdiera la razón) se ha convertido en la principal herramienta de aniquilación política. Como “incapacidad moral” no está definido, el Congreso puede interpretarlo de forma totalmente subjetiva para intentar un impeachment exprés. Lo vimos contra Kuczynski, Vizcarra y Castillo.
  2. El arma del Presidente: La Cuestión de Confianza y la Disolución Como contraparte, el Ejecutivo puede disolver el Congreso. ¿Cómo? El Presidente puede plantear una “cuestión de confianza” sobre una política. Si el Congreso le niega la confianza a dos gabinetes (o los censura), el Presidente queda facultado para disolver el Parlamento y llamar a elecciones legislativas. Martín Vizcarra la usó en 2019.

Este diseño crea un estado de guerra latente. No hay incentivos para cooperar, solo para sobrevivir.

A esto se suma un sistema electoral que garantiza un Congreso atomizado. El “voto preferencial” (donde votas por un candidato individual dentro de la lista de un partido) incentiva una competencia interna feroz. Los congresistas son leales a sí mismos, no a su partido. Por eso vemos bancadas que se rompen, transfuguismo y un Congreso fragmentado en 10 o más grupos.

En resumen: Las reglas electorales producen un Congreso fragmentado, y la Constitución le entrega a ese Congreso y al Presidente un arsenal para destruirse mutuamente.

El Vacío Político – Una democracia sin partidos

Si las reglas son el hardware defectuoso, los actores son el software disfuncional. Perú es el arquetipo de una “democracia sin partidos”.

Lo que compite en las elecciones no son organizaciones con ideología o bases sociales, sino “vehículos electorales” o “partidos-franquicia”. Son cascarones que se activan para llevar a un líder personalista al poder y luego desaparecen.

Este fenómeno, que podemos llamar “informalidad política” (un espejo de la informalidad económica del país), tiene dos consecuencias directas:

  1. El ascenso del Outsider En el vacío que dejan los partidos, emerge el outsider. Vimos el caso de Pedro Castillo, un maestro rural que canalizó un profundo descontento de las regiones andinas y del sur, un grito de “existimos” frente al centralismo de Lima. Su elección no fue un signo de renovación, sino un síntoma terminal de un sistema que no puede procesar el descontento a través de canales institucionales.
  2. La corrupción como arma de guerra (Lawfare) Cuando no hay debate ideológico (porque no hay partidos), ¿cómo se compite? La “lucha contra la corrupción” se convierte en la principal narrativa. Tras el escándalo de Lava Jato (que embarró a casi toda la élite política, incluidos todos los presidentes post-2001), la acusación de corrupción dejó de ser un objetivo de política pública para volverse un arma de lawfare (guerra jurídica). Se usa para deslegitimar al rival, justificar vacancias y aniquilar políticamente al adversario de turno.

Las Fracturas Expuestas – Un país divorciado

La crisis política no ocurre en el aire. Se alimenta de profundas fallas tectónicas en la sociedad y la economía.

1. El divorcio entre la Macroeconomía y la Realidad Social La gran paradoja peruana es que, durante casi dos décadas, convivió un aclamado “milagro macroeconómico” (altas tasas de crecimiento, baja inflación) con una degradación política total. ¿Cómo fue posible? La economía funcionaba en “piloto automático”, manejada por tecnócratas aislados del caos político.

El problema es que ese crecimiento, basado en la extracción de recursos, nunca se tradujo en bienestar. No construyó un sistema de salud o educación público de calidad (como expuso brutalmente la pandemia de COVID-19). La riqueza se concentró en Lima y en sectores específicos, mientras las tensiones sociales se acumulaban.

2. La ruptura del pacto: Lima vs. las Regiones El estallido social que siguió a la destitución de Pedro Castillo en diciembre de 2022 marcó la ruptura definitiva. Las protestas masivas, concentradas en el sur andino (Puno, Ayacucho, Cusco), no eran solo por un presidente: eran la explosión de una fractura territorial, étnica y política histórica.

Las poblaciones de estas regiones, que votaron masivamente por Castillo, sintieron su caída como una usurpación de las élites de Lima. La respuesta del Estado, con una represión desproporcionada, y el discurso de los medios limeños (calificando a los manifestantes de “terroristas”) ahondaron la herida. Quedó claro que el Perú oficial, limeño, no sabe cómo representar ni gobernar a vastos sectores del país que lo ven como un poder opresor.

3. La desafección total El resultado final es un colapso de la legitimidad. Ya nadie cree en nada. Según el Latinobarómetro 2023, Perú tiene el récord regional de insatisfacción con la democracia: un 91%. La aprobación del Congreso y la Presidencia ronda el 6% y 5% respectivamente. Es un vacío absoluto.

El Laberinto de Salida y el “Empate Catastrófico”

¿Cómo se sale de esto? El análisis revela que Perú está atrapado en un “empate catastrófico”: los bloques en pugna no tienen la fuerza para imponer su proyecto, pero sí tienen la fuerza para bloquear el proyecto del otro. El resultado es la parálisis.

En este laberinto, surgen tres narrativas de salida, pero todas se enfrentan a un “trilema” inevitable. Perú puede aspirar a tres objetivos: 1) Estabilidad Política, 2) Legitimidad Democrática y 3) Cambio Estructural.

El problema es que, hoy por hoy, parece imposible alcanzar los tres al mismo tiempo.

  • Escenario 1: Estabilidad sin Legitimidad. Es el camino actual. Mantener el poder hasta 2026 e impulsar reformas “quirúrgicas” (como la bicameralidad) desde un Congreso odiado por el 90% de la gente. Se logra una estabilidad superficial, pero se acumula más resentimiento para un futuro estallido.
  • Escenario 2: Legitimidad sin Estabilidad (ni Cambio). Es el “que se vayan todos” o el adelanto de elecciones. Da una válvula de escape y legitimidad de origen, pero sin cambiar las reglas rotas, lo más probable es que se repita el mismo ciclo de caos con otras caras.
  • Escenario 3: Cambio sin Estabilidad. Es la ruta de la Asamblea Constituyente. Podría generar un nuevo pacto social (cambio y legitimidad), pero el proceso sería de altísima polarización, generaría una enorme incertidumbre económica y política, y no garantiza un buen resultado.

La policrisis peruana nos deja una pregunta de fondo: ¿Estamos frente a una crisis de diseño (que se arregla con reformas) o ante el agotamiento de un pacto social (que necesita una refundación)?

La evidencia sugiere que son ambas. El Perú necesita tanto rediseñar sus reglas como reconstruir la confianza básica entre sus ciudadanos. La tragedia es que, en medio de su “empate catastrófico”, el sistema político parece incapaz de lograr ninguna de las dos.

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