Cuando el péndulo acelera: democracia, fractura y desgaste en América Latina

¿El péndulo ideológico está rompiendo la democracia en la región? Análisis basado en la tesis de Levitsky y Ziblatt sobre polarización, fractura política y desgaste institucional.

Durante años, América Latina explicó su inestabilidad política a través de una imagen simple y tranquilizadora: el péndulo.

Gobiernos de izquierda y de derecha se alternan como respuesta al fracaso del ciclo anterior. Cuando un modelo se agota, la sociedad busca su opuesto. El movimiento parece brusco, pero tiene lógica. Hasta ahí, la democracia funciona.

Sin embargo, como ya advertimos en nuestro análisis América Latina no gira, está fracturada, la región ya no oscila con normalidad. El mecanismo está roto. No solo cambian los gobiernos: se rompen consensos, se erosionan confianzas y se debilita el suelo común que permite que la alternancia sea una corrección y no una amenaza.

La erosión desde adentro

En Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt ofrecen una clave decisiva para entender este fenómeno. Las democracias modernas —sostienen— rara vez colapsan por golpes militares o rupturas abruptas.

Se desgastan desde adentro, a través de líderes electos que utilizan las reglas del sistema para vaciarlo, convencidos de que actúan en defensa de algo superior.

Leído desde nuestra realidad fracturada, el libro permite reinterpretar el péndulo regional con precisión clínica:

El problema no es la alternancia. El problema es que cada oscilación ocurre en un contexto de fractura política creciente.

Del rival al enemigo existencial

Hoy, los cambios de signo no se viven como etapas dentro de un sistema compartido, sino como confrontaciones terminales.

  • El adversario deja de ser un rival legítimo para ser un peligro existencial.
  • Gobernar ya no implica administrar un ciclo, sino desmontar al anterior antes de que pueda volver.

Esta lógica explica por qué el péndulo dejó de cumplir su función estabilizadora. Cada giro no recompone el sistema: lo deja más débil. Reformas presentadas como urgencias históricas, abuso de decretos, presión sobre la justicia y descrédito de la prensa. Todo suele ocurrir dentro de la legalidad formal, pero en tensión permanente con el espíritu democrático.

Aquí aparece el punto central de Levitsky y Ziblatt: cuando desaparecen la tolerancia mutua y la contención institucional, la democracia no se rompe, pero se erosiona. Se gobierna al límite por desconfianza. Cada actor juega como si esta vez el péndulo no pudiera volver.

La fractura como caldo de cultivo

La llamada “marea rosa” fue respuesta al consenso de los 90. El giro a la derecha, un voto castigo. La nueva ola progresista, otra reacción. Hasta ahí, el patrón es histórico.

Lo distinto hoy es que estos movimientos ocurren sobre una sociedad fragmentada, con partidos debilitados y un electorado que vota más por rechazo que por proyecto.

En ese contexto, emergen liderazgos que no buscan ocupar un lugar en el péndulo, sino romperlo. Outsiders y figuras anti-sistema. No son simplemente “más a la derecha” o “más a la izquierda”: expresan el agotamiento de la alternancia tradicional.

El riesgo de la ruptura

La pregunta central ya no es si América Latina girará nuevamente de un lado al otro. La pregunta es si sus democracias pueden sobrevivir a ciclos cada vez más cortos, más intensos y menos contenidos.

Cuando el péndulo pierde amortiguadores, deja de equilibrar. Y cuando una sociedad está fracturada, cada oscilación acelera el desgaste en lugar de corregirlo.

Ese es el riesgo actual de la región: no el cambio, sino la incapacidad de convivir con él.

El debate queda abierto

Si la alternancia democrática se vive como una amenaza existencial, ¿sigue siendo alternancia o ya es una forma de conflicto permanente institucionalizado?

¿Puede una democracia sobrevivir cuando cada gobierno gobierna como si fuera el último, o el problema no es quién gana, sino cómo se ejerce el poder cuando se gana?

En sociedades políticamente fracturadas, ¿el voto castigo es todavía una herramienta de corrección democrática o se ha convertido en un acelerador del desgaste institucional?

¿Los liderazgos anti-sistema expresan una renovación necesaria de la política o son el síntoma de que los partidos dejaron de cumplir su función de contención democrática?

Si el nuevo eje político es “ruptura total vs. institucionalidad”, ¿qué espacio queda para proyectos que no prometan refundar todo ni conservarlo todo?

Finalmente, ¿el verdadero desafío de América Latina es elegir entre izquierda y derecha o reconstruir los límites que permitan que cualquier alternancia sea tolerable para todos?

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