La verdad se convirtió en el instrumento central de una independencia sin fusiles.

El colapso en Venezuela no es una crisis política, sino una demolición estructural del Estado. Nuestro análisis revela por qué es infinitamente más difícil recuperar una institución que destruirla, y cómo el Premio Nobel a María Corina Machado se convierte en el reconocimiento a la única institución que el poder no pudo cooptar: la verdad.

Durante meses, el mundo miró a Venezuela buscando una “salida rápida”. Se habló de negociaciones, de quiebres militares, de recompensas millonarias. En septiembre, desde Ya lo vas a entender, advertimos sobre la Paradoja de Trump: la idea de que se puede presionar a un régimen como si fuera un gobierno normal que simplemente tomó malas decisiones.

El error de diagnóstico fue profundo. Lo que ha ocurrido en Venezuela no es solo una crisis política; es un proceso sistemático de demolición institucional.

Cuando el poder político decide subordinar las instituciones a su propia supervivencia —cuando el juez se vuelve militante, el soldado se transforma en guardia pretoriano y el organismo electoral pasa a funcionar como oficina de partido—, el daño no es superficial. Es estructural. La democracia no se “pausa”: se rompe el mecanismo mismo que permite su existencia.

El costo de la cooptación total

La gran lección que deja este proceso es dolorosa: es infinitamente más fácil destruir una institución que recuperarla.

El debilitamiento comienza casi imperceptible, con excepciones “por única vez” y justificaciones de emergencia. Pero termina en colapso. Una vez que la separación de poderes se borra, el Estado deja de ser un árbitro para convertirse en una herramienta de dominación. En ese escenario, las herramientas tradicionales de la presión internacional —sanciones, diplomacia, flotas navales— pierden eficacia porque parten de un supuesto falso: que del otro lado existen instituciones capaces de procesar esa presión. En Venezuela, esas instituciones fueron vaciadas hace tiempo.

Ahí radica la tragedia: cuando las instituciones han sido canibalizadas por el poder político, el camino de regreso a la democracia no es una simple elección; es una reconstrucción arqueológica.

El vacío y el refugio

Pero un país no deja de existir cuando su Estado es secuestrado. Cuando las leyes escritas pierden valor porque nadie las respeta, el contrato social retrocede a su capa más básica y resistente: el consenso ético.

Es en ese vacío de autoridad formal donde aparece la figura de María Corina Machado. No como una simple candidatura, sino como una respuesta orgánica frente a la ausencia de Estado. Donde no hay jueces creíbles ni reglas confiables, la sociedad busca un referente de verdad.

Ahí es donde el Premio Nobel adquiere su verdadero peso político. No es el reconocimiento a una dirigente en campaña; es el reconocimiento a la única institución que el poder no pudo cooptar: la verdad.

La última trinchera

El régimen logró controlar los tribunales, los cuarteles y las urnas. Pero el Nobel confirma que fracasó en algo decisivo: controlar la realidad.

El liderazgo de María Corina Machado —y la claridad conceptual que este galardón blinda ante el mundo— recuerda que, antes de pensar en la siguiente elección, la sociedad debe reafirmar los cimientos. Su figura se convierte en el punto cero para la reconstrucción democrática. No como un faro, sino como la base de hormigón sobre la que se deberá volver a edificar un Estado de Derecho funcional.

Las flotas solo ofrecen una solución externa y temporal. La verdad, validada globalmente, ofrece la materia prima para que la resistencia interna pueda sobrevivir a la demolición institucional y, eventualmente, revertirla.

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